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sábado, agosto 30, 2025
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Culiacán, entre la memoria y la recuperación

Casi un año ha pasado desde aquel episodio que los culiacanenses, con una mezcla de resignación y coraje, hemos bautizado como el Culiacanazo 2.0. Aquel día que volvió a poner al país entero con la mirada fija en la capital sinaloense, pero no por sus tradiciones ni por su creciente economía agrícola, sino por el sonido de las ráfagas, los bloqueos y el miedo desbordado. Una ciudad que ya había vivido su primer infierno en octubre de 2019, se enfrentaba nuevamente al trauma colectivo de un Estado replegado y una ciudadanía atrapada.

Sin embargo, la vida, como la historia, no se detiene. Y si algo distingue a Culiacán, más allá de los estigmas, es su capacidad de resiliencia. En estos meses, la ciudad ha ido recuperando poco a poco no solo sus rutinas, sino también sus espacios. El incremento del aforo vehicular, perceptible en las principales vialidades a casi cualquier hora del día, es un indicador claro de que la gente está volviendo a moverse, a confiar, a reapropiarse del territorio.

Otro termómetro —quizá más simbólico— de esta recuperación ha sido la tímida pero constante reactivación del sector restaurantero, especialmente en sus horarios nocturnos. Restaurantes y bares que hasta hace poco operaban con horarios restringidos, ahora comienzan a extender su actividad, apostando por el regreso de una vida nocturna que no solo representa entretenimiento, sino también empleo, economía, y sobre todo, una forma de resistencia civil ante el miedo.

¿Significa esto que ya superamos el miedo? No del todo. La memoria reciente aún duele y la percepción de inseguridad sigue siendo uno de los principales factores que condicionan la vida pública. Pero estos pequeños signos —el tráfico, los cafés llenos por la noche, la música que vuelve a escucharse en las terrazas— nos hablan de una ciudadanía que se niega a rendirse.

Recuperar la vida nocturna no es un lujo superficial en este contexto; es un acto político. Es la afirmación de que la ciudad le pertenece a quienes la habitan, no a quienes la someten. Cada noche que un restaurante llena sus mesas, cada familia que se atreve a salir sin el sobresalto de un retén no anunciado, es una victoria.

Pero la recuperación no puede ni debe depender solo del ánimo ciudadano o de la iniciativa privada. Las autoridades están obligadas a garantizar las condiciones para que esa recuperación sea sostenible y segura. De nada sirve el entusiasmo social si no se acompaña de una política pública decidida, coherente y valiente. De nada sirve el discurso optimista si no se traduce en estrategias reales de pacificación y justicia.

A casi un año del Culiacanazo 2.0, Culiacán no ha olvidado. Pero tampoco se ha rendido. Y en cada calle congestionada, en cada cocina encendida, en cada conversación entre amigos que vuelve a darse bajo la tenue luz de una farola, se escribe una página más de esta ciudad que, herida y todo, sigue de pie.

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