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La luz que suena, cuando la tambora se vuelve visible en el Carnaval de Mazatlán con los carros alegóricos de Jorge Osuna

En Mazatlán, la luz no solo ilumina, resuena. Vibra como un redoble de tambora que atraviesa la noche y despierta la memoria colectiva. Cuando cae el atardecer y la oscuridad se vuelve aliada, el Carnaval encuentra su momento más profundo, ese instante en el que la música deja de escucharse únicamente con los oídos y comienza a verse.

Bajo esa premisa el Ingeniero Jorge Osuna construye ocho carros alegóricos luminosos, entre ellos el de la Reina Infantil del Carnaval de Mazatlán 2025 y el de la Reina de la Poesía 2025; el de la Reina Infantil homenajeada de 50 años, el de la Reina de la Poesía de este año y un carro inclusivo. Todos, alegorías rodantes luminosas, parte esencial del desfile nocturno, obras donde la tecnología no compite con la tradición, sino que la amplifica.

Para el Ingeniero Jorge Osuna, la luz es un lenguaje políglota, capaz de dialogar con cualquier forma de expresión: con el color, con la forma, con la emoción… y, sobre todo, con la música.

Respetar la tradición, afirma Jorge Osuna, es el verdadero equilibrio. La tecnología cambia, evoluciona, pero el legado permanece. Los carros luminosos buscan continuar la tradición con una mirada contemporánea.

Para Jorge Osuna, el origen de su mirada creativa no está en la técnica ni en la ingeniería, sino en un recuerdo: el asombro de niño frente a las carrozas del Carnaval de Mazatlán, especialmente aquellas destinadas a las reinas infantiles. Desde entonces, la luz quedó asociada a la magia. A ese primer encuentro con la música, el color y el movimiento que, para muchos niños, marca un antes y un después.

Por eso, cuando diseña un carro alegórico infantil, no piensa en un adorno, sino en una experiencia emocional completa. El carro no compite con la niña: la acompaña. Se convierte en una extensión de su vestido, de su presencia, de su ilusión. La luz no invade, abraza. La estructura no impone, dialoga. Todo está pensado para que la Reina infantil sienta que ese espacio fue creado para ella y, al mismo tiempo, que pueda hacerlo suyo.

“El carnaval suele ser el primer contacto con la luz y la música…la luz necesita de la oscuridad para brillar”, reconoce Jorge Osuna.

La iluminación cobra sentido cuando la noche la abraza. Es entonces cuando los carros alegóricos dejan de ser estructuras móviles y se convierten en melodías visuales, en ritmos que avanzan sobre ruedas. La tambora —símbolo sonoro y emocional de Sinaloa— está implícita en cada destello. No aparece solo como referencia musical, sino como energía cultural, un pulso que mueve al espectador, que lo invita a gritar, a bailar, a emocionarse.

El ingeniero Osuna lo dice con claridad: muchos niños recuerdan el carnaval como una imagen que los acompaña toda la vida, pero al final, el verdadero motor de su trabajo no está en los cables ni en los sistemas lumínicos, sino en el público. En la multitud que se congrega año con año en el malecón, en la reacción inmediata del espectador que grita, baila y se emociona.

El creador no se despide con palabras grandilocuentes. En el Carnaval, su gesto es sencillo y profundamente simbólico: el pulgar arriba, el agradecimiento silencioso a los aplausos, el reconocimiento al cariño de la gente. Como la tambora, que no se despide, solo se aleja mientras sigue sonando.

Información: Boletín de prensa

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