Veinticinco años no son solo una cifra, son una forma de medir el tiempo, de comprender lo vivido y de resignificar la palabra alegría. Para Daniel Osuna Iñiguez, Rey de la Alegría del Carnaval de Mazatlán 2001, el paso de un cuarto de siglo se siente hoy cercano, casi inmediato, como si aquel carnaval estuviera aún “a la vuelta de la esquina”.
Homenaje Especial: Daniel Osuna Iñiguez recibirá un reconocimiento del Gobierno de Mazatlán y el Instituto Municipal de Cultura, Turismo y Arte por sus 25 años de trayectoria, el próximo jueves 12 de febrero, durante la ceremonia de Coronación del Rey del Carnaval Internacional Mazatlán 2026, “Arriba la Tambora”, en el Estadio Teodoro Mariscal.
A Daniel, la cercanía del homenaje le despierta el nervio de la expectativa, el de preguntarse qué se siente volver a ese momento, ahora desde la memoria y el reconocimiento.
“No se siente mal —dice—, pero sí se siente el nervio conforme se acerca la fecha”. Un nervio que nace de la reflexión: ¿qué vas a sentir cuando estés ahí, recibiendo el reconocimiento?, ¿qué va a pasar por tu mente cuando vuelvas a portar simbólicamente la corona?
La alegría que no siempre se ve
Uno de los ejes más profundos de su testimonio es su concepto de alegría, un concepto que ha cambiado con los años. Para Daniel, la alegría no es únicamente risa ni fiesta desbordada. Es estar contento contigo mismo, hacer lo que te gusta sin permitir que otros definan ese sentimiento.
“Si es algo que te gusta, hay que hacerlo, aunque a otros no les parezca”, afirma. Incluso recuerda que, en su momento, su participación en el Carnaval fue vista por algunos como algo ridículo. Con el paso del tiempo, esa percepción cambió: la burla se transformó en reconocimiento.
“La alegría es el alma del puerto, es el alma del carnaval”, resume con claridad.
Portar la corona: orgullo y responsabilidad
Daniel habla con respeto del peso simbólico de la corona. Ser Rey de la Alegría no es solo un título: es representar a Mazatlán, llevar el nombre del Carnaval a otros lados y hacerlo con dignidad.
Muchos no se dan cuenta del compromiso que implica portar la corona. No es únicamente un personaje festivo; es un representante cultural, alguien que debe hacer que el Carnaval se sienta orgulloso de quien lo encarna. Ese compromiso, dice, permanece incluso 25 años después.
Aprendizajes que deja la gente y la vida
Al mirar atrás, Daniel reconoce que sigue aprendiendo. Aprendió de la gente, de las relaciones humanas y de los contrastes de la vida. Aprendió que los errores no son fracasos definitivos, sino aprendizajes, y que después de experiencias tan duras como la pandemia, la alegría adquiere otro significado.
“Ahora la alegría es estar vivo”, reflexiona. Haber llegado a este punto, seguir aquí, recibir un reconocimiento cuando muchos ya no están. Vivir la vida con más calma, con menos enojo, entendiendo que no vale la pena tomarse todo tan a pecho.
La alegría, hoy, es distinta a la de hace 25 años.
Anécdotas que definen una época
Entre los recuerdos que guarda con mayor cariño, Daniel comparte una anécdota que sigue provocándole risas. En pleno desfile, un papalote se enredó en su corona. El hilo, el viento y el tamaño del papalote comenzaron a jalarlo hacia atrás, mientras él intentaba soltarse sin lograrlo.
La escena se volvió tan inesperada como cómica: el papalote arrastrándolo, el desconcierto general, el intento por liberar la corona y el momento en que, tras romper el cordón, lograron llevar el papalote lejos. Todo terminó entre risas, caídas, sustos y la certeza de haber salido sanos y salvos.
A ello se suman recuerdos de otros tiempos del Carnaval: cuando aún había cascarones con confetti, cuando el contexto era distinto, cuando muchas cosas no se grababan y simplemente quedaban en la memoria colectiva.
El Carnaval de antes y el de ahora
Al comparar el Carnaval que vivió como Rey de la Alegría con el actual, Daniel es prudente. “Es difícil compararlo”, afirma, porque no se vive igual desde dentro que desde fuera. Cada Carnaval es distinto, ninguno es igual a otro; todos tienen su esencia y su espíritu.
La gran diferencia, señala, es la modernización. Hoy el Carnaval es más grande, más competitivo. Los medios y las redes sociales tienen un peso enorme: te construyen o te destruyen. Antes, lo que hacías se quedaba ahí; hoy, todo puede hacerse público en segundos.
Por eso, considera que ahora se camina con mayor cautela, con más conciencia de la exposición y del impacto de cada acción.
Un homenaje cargado de emociones
Al pensar en el homenaje que recibirá durante el Carnaval Internacional de Mazatlán 2026 “Arriba la Tambora” en el escenario que se monta en el Estadio Teodoro Mariscal, Daniel reconoce que lo invaden sentimientos encontrados.
La alegría de ser reconocido se mezcla con la nostalgia. Nostalgia por recordar a quienes estuvieron con él hace 25 años y hoy ya no están. Ese homenaje —dice— está dedicado principalmente a sus hijos, pero también a sus padres, a quienes lo apoyaron y a figuras importantes de aquel momento, como Rigo Lewis, a quien recuerda con profundo agradecimiento.
“La nostalgia le gana a la alegría”, confiesa, al aceptar que ya no se tiene la misma energía para festejar como antes. Hoy, serán sus hijos quienes se encarguen de celebrar por él, cerrando así un ciclo generacional.
La alegría que madura
A 25 años de distancia, la historia de Daniel Osuna Iñiguez no es solo la de un reinado, sino la de una evolución personal y colectiva. Su testimonio refleja al propio Carnaval de Mazatlán, una celebración que se transforma, se moderniza y crece, pero que conserva su esencia gracias a las historias de quienes lo han vivido desde dentro.
La alegría ya no se mide en euforia, sino en memoria, gratitud y legado. Y en este Carnaval Internacional de Mazatlán 2026, su nombre vuelve a formar parte de esa gran narrativa que mantiene viva el alma del puerto.
Información: Boletín de prensa

